Un amor muy particular

Hace ya tiempo que vengo sintiendo tus mudos y constantes reproches.

Yo trato de no darme por aludida poniendo al mal tiempo buena cara, aunque no muy buena puede ser, vista la imagen que el espejo me devuelve.

Esta mañana al vernos reflejados en el espejo del baño, mis últimas esperanzas de reconciliación cayeron, haciéndose añicos contra la porcelana del lavabo. Enseguida noté unos pinchazos en el costado izquierdo confirmando mi respuesta a la pregunta no formulada.

Malhumorados y silenciosos nos sentamos en la cocina ante la taza del café. No sé si esta vez lo notaste más amargo que de costumbre. No podía ser de otra manera, mezclado como estaba con las lágrimas que en él caían.

Intenté distraerme, primero, observando unas miguitas de pan artísticamente dispuestas sobre la mesa; después, y para evitar el encuentro frontal me protegí con el periódico leyendo en voz alta los titulares y repitiéndolos como si fueran mantras.
Aún así te sentía acusador, implacable y… profundamente agotado. Casi me atraganto con los recuerdos formando nudos en mi garganta.

Sí, recuerdo esas mañanas gozosas cuando el desayuno más que un mísero ritual era un lujo de juventud, una demostración de poder.

Un par de aspirinas disipaban como por encanto la jaqueca matutina y el café y el cigarrillo eran el mejor antídoto contra la reseca.

Entonces tú nunca me reprochabas el haber llegado tan tarde la noche anterior, ni las pocas horas de sueño, ni siquiera el alcohol que sentías en mi aliento. Apenas si engullía una tostada con algo de mantequilla, más para contentarte que por apetito, y en diez minutos escasos y un par de cremas recuperaba mi lozanía ante el espejo.

Sin que mediaran palabras nuestra comunicación era perfecta.

Yo sentía tu fuerza, nuestra complicidad, la simultaneidad y eficacia con que realizábamos al unísono cada uno de nuestros actos.

Derrochábamos la energía como se derrochan las burbujas del champán: alegre y desmesuradamente.

Aquellos eran los días de vino y de rosas. Salíamos, entrábamos, volvíamos a salir y regresábamos a casa cuando ya las estrellas se quitaban el maquillaje, y tantas noches hubo en que la cama olvidó nuestro presencia. La vida era un sustancia tóxica que consumíamos hasta la euforia.

Ahora… es como si ella nos consumiera a nosotros. Cada día que inicia es un desafío a la existencia. Las horas armoniosas de nuestra relación están contadas como las hojas del calendario. ¿Cuánto tiempo de gozo nos queda…?

El sobre cerrado encima de la mesa anuncia el fin de una relación plena a la que nunca di la importancia necesaria.

No. No quiero abrir ese sobre y leer el folio en el que se me comunica una realidad fragmentada, cuando nosotros tan bien conocemos la entera.

Todas esas señales, esos mensajes más o menos celados con los que me expresabas tu desacuerdo a lo largo de todos estos años, esos avisos que yo jamás tomé en cuenta. Es cierto, no te tomé todo lo en serio que te mereces y ahora sé que no basta el arrepentimiento para salvar esta relación que se nos muere.

No puedo evitar el temblor de la mano al desgarrar el sobre:

«Estimada sr. Vélez:
Por la presente le comunicamos el día y la hora de la intervención…»

Salto las líneas de la carta y voy tropezando con palabras extrañas y amenazadoras: metástasis, mamacarcinoma, masectomía… Sigo saltándome los renglones pero no logro evitar la frase que ya conozco: «extirpación del epitelioma detectado en el seno izquierdo con la consiguiente amputación del mismo» y… bla, bla, bla.

Una cita, unas horas de un día cualquiera y el mundo cambia de repente.

A tu manera dijiste «¡basta!» y ahora hago un esfuerzo por entender tus rencores ocultos, tu desamor latente, la violencia con la que manifiestas el cansancio por esta nuestra relación: 40 años que nos pertenecen.

Seguiremos juntos…, ¿qué otra cosa podemos hacer?, pero entre nosotros se alzará para siempre la palabra «antes». Seguiremos compartiendo la misma cama las mismas cosas, la misma rutina… o casi.

Para los demás seremos, seré, la de siempre. Sólo tú y yo sabremos el fracaso de nuestra relación acabada en la mesa de un quirófano.

Tengo 40 años y mi cuerpo, mi compañero más fiel, se rebela y no pudiendo alejarse de mí me arroja con toda alevosía su desamor a la cara.

Tengo 40 años y mi cuerpo y yo nunca seremos los de antes.

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