La fría perfección del invierno

Despacio.
Muy lentamente se hace el nudo de la corbata.
Gris. Inmaculada.
Se abrocha los últimos botones de la camisa clara,
sin una arruga, sin una mancha.
En los puños
se ajusta los gemelos de plata oscura.
Yo le observo desde la cama,
aterida por el frío de tanta perfección.

Una inexplicable tristeza va subiendo a mis ojos.
Me pesa la parte izquierda del cuerpo.
Ahora él, se pasa la mano por los cabellos ralos,
muy cortos, y se alisa las estrías blancas.

Se observa en el espejo
y sus ojos sin sol
absorben los últimos destellos de luz.
Con parsimonia se pone la chaqueta,
también ella gris, sin una arruga, sin un pliegue,
y ya seguro, cierra los botones de un gris acerado.

La desgana me pellizca el cuerpo en escalofríos.
Cierro los ojos y hago un esfuerzo para no hundirme
debajo de la colcha,
todavía ligera.
Él ya se ha puesto el sombrero de fieltro oscuro
y con pasos quedos
está cerrando tras de si la puerta.

Cuando abro los ojos,
el gris se ha adueñado de la ventana.
El espejo devuelve mi imagen
y los árboles sin hojas
exhiben sus muñones a la calle.

Ha llegado don Invierno.

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